Cuando ya no estás.
Me gustaría decirlo. Pero nunca estuviste.
La casualidad, como aquella mariposa de aquella canción que con 10 años no tenía más significado, la casualidad, ahora se presenta.
Y tiene nombre propio.
Y nadie más que yo, puede comprender, que aquello no fue una casualidad.
Podría empezar nuestra historia contando todo lo que me llevó a aquel taxi.
Todo lo que significó encontrar a alguien que vive a 1000 kilómetros. En el punto medio de las montañas que nos separan. Besándola.
Y besándola en un semáforo en rojo.
Nadie puede comprender como yo, que nada fue una casualidad.
Normal sería pensar que fue triste verlo dos segundos besando a otra persona.
Pero no.
Fue absolutamente mágico.
Porque aquel beso que echaría para atrás al resto de corazones conformistas y humildes, fue una ola, una brisa de aire fresco.
Porque tú nunca confiaste en ella tanto como te gustaría.
Porque los besos en los semáforos en rojo eran nuestra señal, nuestro momento. Y como todo, se acabaron. Y dejaron de ser nuestra señal porque dejamos de tener momentos.
Porque los besos en los semáforos en rojo no significan nada, si no hay un pasado o un presente o un futuro juntos. Y los recuerdos se rompen. Y las parejas también. Y algún día estaremos juntos. Y lo sabes. Lo sabes más que yo.
Sabes perfectamente que aquello, aquel beso, aquel taxi, no fue una casualidad.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)




No hay comentarios:
Publicar un comentario