2012
2012
2012.
Se terminó.
2012 fue, para mí, un año de principios.
Un año de muchos principios.
Fue el año del saco de dormir, en el que dormí aquella primera noche de enero, y el cual me acompañó en más ocasiones de las que me hubiese gustado.
Fue el año del gran fracaso académico. Tiré piedras sobre mi propio tejado, el cual acabó cayendo sobre mí, entrentándome a una realidad que no quise aceptar. Y esa huída tuvo sus consecuencias.
Al poco de empezar el año, conocí a un inmenso grupo de personas con las que he estado compartiendo más momentos de los que me habría imaginado. Cambiaron mi presente y ojalá sigan cambiando mi futuro. Y el de mucha gente.
Tal y como reflexioné hace algunos días, prácticamente todas las personas con las que hablo a diario las he conocido este año. Ha sido, sin duda, un gran año de comienzos.
Fue el año del poder, me di cuenta de lo que puede hacer en las personas, de lo que podía hacer en mí. Fue el año de la revolución sexual, de las verdades a la cara, de la aceptación, pero también de la lucha. Fui testigo, y orgullosamente partícipe, de muchos grandes pasos. Descubrí que mi granito de arena podía formar un gran desierto. Me sentí mejor y me sentí dentro de una gran cadena de grandes acciones, que es la solidaridad. Porque cuando empiezas a interesarte por lo que te rodea, y empiezas a sentirte bien por tus actos, éstos te llevan a seguir hacia más y más caminos. Te llevan a querer resolver más y más problemas. Me sentí satisfecha, pero, afortunadamente, nunca conforme.
En el momento perfecto, cuando todo parecía caer por su propio peso y por mis supuestas malas decisiones, a mediados de agosto, tuve el placer de conocer a 8 personas con las que compartí, al igual que con las anteriores de febrero y marzo, más momentos felices de los que habría imaginado. 8 personas dispuestas a entablar conversaciones interesantes, eternas, amables. Inolvidables.
Fue el año en el que descubrí que no necesitas viajar miles de kilómetros para sentirte extremadamente lejos de tu hogar. De hecho, fue el primer año desde hacía varios, que no salí al extranjero y, sin embargo, en el lugar al que fui, llegué a sentirme realmente fuera de sitio. He cruzado mares y cogido aviones, he convivido con personas que, aún viniendo de exóticos países, me hicieron sentir querida, me hicieron sentir una más de su grupo. Pero este verano -no, pongamos distancia-... Aquel verano no fue así. El verano de 2012, recordado como el verano que me rompió en dos. O en tres... El verano del cubo de agua fría en la cara.
2012 fue el año en que verdaderamente me di cuenta de que las cosas pasan por algo porque NO sirve de nada arrepentirse si no sabes ponerle remedio en el futuro.
Las cosas pasan para que aprendamos de ellas.
No me arrepiento de nada de lo que hice en 2012. Nada. Porque sé que todo me sirvió para crecer, todo me hizo reflexionar. Me hizo más fuerte.
En 2012 tuve la "suerte" de conocer profundamente cómo eran muchas de las personas que me rodeaban, pero más intensamente, tuve el placer de conocerme a mí misma. Vi quién era yo, pero sobre todo, vi quién NO era.
Quiero quedarme con lo bueno, pero no olvidaré tampoco lo malo. Porque lo bueno trae felicidad, pero lo malo trae experiencia. Y 2012 fue el año de las experiencias. Fue el año de los trenes, del dubstep, de los grupos de whatsapp.
Fue el año del saco de dormir, en el que dormí aquella primera noche de enero, y el cual espero que siga acompañándome en muchas y mejores noches de este 2013.
La suerte es una actitud.
No esperes tu oportunidad, créala tú misma.
martes, 1 de enero de 2013
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